Con la muerte a cuestas

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Kawabata es de los autores japoneses que han llegado a nuestras costas más emblemáticos. Junto con Mishima (de quien fue sensei y amigo), estos dos personajes suelen ir de la mano en cuanto a fama, pese a que uno ganó el premio Nobel que, según el propio Kawabata, el otro merecía. No solo tienen similitudes en eso, pues sus ideas, unas más radicalizadas que otras, solían confluir hasta un mismo punto: Esa añoranza por el Japón ancestral que, en sus tiempos, ya se estaba perdiendo, diluyendo entre la occidentalización que trajeron los americanos y la segunda guerra mundial. Ambos hablan de ello en sus obras, aunque de una forma muy diferente. Y es en esas obras donde podemos contemplar la belleza y la tristeza de la ruptura de un país. La casa de las bellas durmientes, el libro que reseño hoy aquí, es una de las mejores novelas de Kawabata, pese a que se aleja bastante de ese tema, sí nos abre una puerta hacia un Japón diferente.

La primera vez que Eguchi acude a la casa de las bellas durmientes, su sentimiento mayoritario es recelo. Acude por la recomendación de un amigo y sabe bien que la diferencia de edad que lo separa de los clientes habituales, pese a parecer un número nímeo, es suficiente para que él sea un cliente especial. Un cliente que aún puede sentir placer o deseo sexual. Dormir al lado de una muchacha joven, desnuda y virgen, una muchacha narcotizada que no sabrá de su existencia, transforma poco a poco a Eguchi. 

Nos encontramos de nuevo ante una novela reflexiva de Kawabata. Lejos de ser una novela erótica o con alto contenido sexual, lo que nos relata es más bien el viaje por la memoria de este personaje principal que, al dormir junto a mujeres jóvenes, recuerda su propia juventud. Se siente como si aspirara la lozanía de las muchachas que lo acompañan, que puede sentir su propia piel en esa piel resplandeciente, lisa y blanca. Así, al encontrarse bajo las mantas con una mujer virgen y desnuda, Eguchi va recordando el pasado, a sus hijas, a las mujeres con las que ha compartido cama. Y recordando el pasado, puede sentir cerca el aliento de la muerte. Porque es esa melancolía de los tiempos que ya han pasado y no volverán el ambiente que rodea esta novela y que la transforma en una novela reflexiva. Es cada una de las muchachas con las que Eguchi duerme, todas diferentes entre sí, las que evocan al protagonista ciertos recuerdos. 

Al principio, un occidental puede mantenerse alejado de las sensaciones que despierta el libro. Las escenas que se suceden son muy evocadoras, pero nada comprensibles. Sin embargo, poco a poco podemos entender la satisfacción de soñar al lado de una muchacha joven, la tranquilidad de perder la soledad durante el sueño porque, de alguna forma, su sueños se comparten. Este concepto se ve completamente trastocado en Sueño profundo, de Banana Yoshimoto, que coge la misma idea y le da la vuelta. Al fin y al cabo, y como vemos al principio, ese retorno es como un retorno a la maternidad, a estar acompañados por una madre. El mismo Eguchi lo comenta al principio del libro, cuando el olor de la doncella se le asemeja mentalmente al de un pecho lactante. El olor a un recién nacido lactante se ha quedado gravado de su infancia y de su madurez como abuelo y al acercarse tanto a la juventud, es capaz de sentirse conectado a esos dos momentos clave de su vida.

Este es uno de esos libros que cualquiera preferiría leer en versión original. Y es que Kawabata es un genio a la hora de jugar con las palabras y los dobles sentidos. En japonés, su prosa es mucho más bonita y seguramente, el hecho de leerlo en manuscrito aún mejora más la lectura. Sin embargo, la traducción está muy bien apurada, pues conserva los dos elementos clave de los libros de Kawabata, esa melancolía casi sencilla que parece rodear las ambientaciones en todas sus obras y la belleza de las imágenes que transmiten. En este libro, estas imágenes están tan presentes como en las demás, jugando con el paisaje marítimo que Eguchi ve poco, pero escucha mucho más. Jugando también con las muchachas, cada una diferente, con sus posiciones y sus movimientos. Aunque es un libro muy pausado, Kawabata no deja que en ningún momento el lector escape de ese sentimiento absorbente que acompaña su lectura. Y al final, no llega el final. Kawabata tiene una característica bastante interesante sobre sus finales, pues nunca parecen acabar de forma cerrada. Escribía lo que quería escribir y cuando se cansaba, dejaba de hacerlo. Como si la escritura fuera algo que saliera de él hasta que la corriente dejaba de fluir. 

En conclusión, Yasunari Kawabata es uno de los mejores escritores japoneses por este tipo de obras sutiles, preciosas, que casi parecen oníricas. Una obra como La casa de las bellas durmientes es para leer de forma pausada, para intentar entender el mensaje entre líneas, pues Kawabata expresa mucho más de lo que está escrito. La efemeridad de la vida humana, la cercanía de la muerte de los ancianos y ese instinto de aspirar la juventud, de estar cerca de ella, parece mostrarse en esta obra, pero el autor va mucho más allá. 
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