Últimas publicaciones

Dark Water (仄暗い水の底から ”Honogurai Mizu No Soko a Kara”) - Hideo Nakata, 2002

El abandono es algo que a la mayoría nos aterra. Quedarnos solos. Para un niño es algo terrorífico. Una de las primeras cosas que ves cuando tienes un hijo, es como cree ser abandonado cuando lo dejas en la guardería por primera vez y como puede llegar a llorar de alegría al ver que vuelves a las pocas horas. No hay nada peor, sentirse olvidado, desamparado, abandonado, solo. Esto nos plantea Hideo Nakata (中田秀夫) en esta película de terror, Dark Water, basada en la novela “Honogurai Mizu No Soko A Kara” (literalmente, “En las profundidades del agua oscura”) de Koji Suzuki (de quien ya adaptó “Ringu” unos años antes).

La sinopsis no es complicada: Una mujer recién divorciada se muda con su hija a un pequeño apartamento en un sucio y desvencijado edificio. Allí empezarán a ocurrir extraños acontecimientos relacionados con una gotera de la que cae agua sucia.


Desde el inicio de la película, Hideo no para de mostrarnos agua por todas partes como elemento principal e inquietante: Llueve constantemente, goteras en el techo, charcos, etc.



Con pocas pinceladas nos muestra el perfil de la madre: fragilidad mental, pero fuerza para luchar por su hija, tanto contra su marido como contra lo paranormal. Nakata consigue crear un drama estresante alrededor de la protagonista y mezclarlo con el terror desde el principio. Nunca llega a caer en el melodrama (Excepto quizá por un par de escenas, y tampoco demasiado excesivo) y logra una combinación perfecta con el terror que va “in crescendo” hasta su redondo final. En este film todos se han sentido abandonados durante la infancia y es algo que el director maneja muy bien llevándolo al terreno del miedo, construyendo una historia llena de una insana atmósfera.

El protagonismo recae de forma casi total sobre la madre. Su hija también juega un papel muy importante pero el resto de personajes van y vienen, como es el caso de su ex marido o los que deciden la custodia de la niña. Tiene personajes secundarios que aportan cierto toque de humor para distender el agobiante escenario, como el portero o el vendedor del piso.



Como no podía ser de otra forma, este gran director de género crea escenas que ponen los pelos de punta. Por ejemplo: la cámara que graba imágenes en el ascensor, el bidón de agua del tejado, los pasillos oscuros, el piso de encima de la protagonista, etc.



Hideo es único para conseguir que pases un mal rato y lo logra con creces, tanto en la parte dramática, donde sufres por la cordura y el estrés que sufre la protagonista, como en la parte sobrenatural, donde simplemente te acojonas.

Juega con la gama cromática para hacer que el espectador no se pierda cuando introduce flashbacks, tintando estos de un amarillo sucio, como la mancha del techo de la protagonista, para que sepas sobre quien está narrando.

También maneja con destreza la cámara moviéndola para dar énfasis en los momentos adecuados y estática durante el tiempo suficiente para que el espectador note miedo, solitud, etc. No sobra ni una escena, Hideo Nakata no añade ni quita nada. Cada escena tiene su por qué y el espectador lo va descubriendo a medida que avanza la película.

La atmósfera que consigue el director a través de los medios que dispone, es perfecta: todo está sucio alrededor de la madre y su hija, el edificio donde viven, la lluvia constante e incluso las jugarretas de su marido para quitarle la custodia (todo menos la relación entre ellas, que la muestra sana y fuerte), la maravillosa e inquietante música del gran compositor Kenji Kawai (Ghost In The Shell, Ghost in the Shell 2: Innocence, Ip Man, etc), el continuo sonido del agua (sea lluvia, goteras, pisadas, etc), la presión sin respiro que recibe la madre… Y todo ello lo va adornando con detalles terroríficos desde el inicio que van aumentando hasta llegar al tremendo desenlace.
En resumen, una brillante película no sólo de terror si no como film en sí, que os dejará pegados al sofá. Quizá mi único “pero” sería el epílogo, que a mi parecer no hace ninguna falta, pero dura poco y tampoco desmerece el resultado final.



Biografía del director:

Hideo Nakata nació el 19 de julio de 1961 en Okayama, Japón. Estudió periodismo en la Universidad de Tokio. Debutó en la dirección de largometrajes en 1996 con "Joyu-rei" (Ghost Actress) y se hizo famoso por su película "Ringu" (El Círculo) dos años después, fama que traspasó las fronteras del cine japonés.


Kawabata es de los autores japoneses que han llegado a nuestras costas más emblemáticos. Junto con Mishima (de quien fue sensei y amigo), estos dos personajes suelen ir de la mano en cuanto a fama, pese a que uno ganó el premio Nobel que, según el propio Kawabata, el otro merecía. No solo tienen similitudes en eso, pues sus ideas, unas más radicalizadas que otras, solían confluir hasta un mismo punto: Esa añoranza por el Japón ancestral que, en sus tiempos, ya se estaba perdiendo, diluyendo entre la occidentalización que trajeron los americanos y la segunda guerra mundial. Ambos hablan de ello en sus obras, aunque de una forma muy diferente. Y es en esas obras donde podemos contemplar la belleza y la tristeza de la ruptura de un país. La casa de las bellas durmientes, el libro que reseño hoy aquí, es una de las mejores novelas de Kawabata, pese a que se aleja bastante de ese tema, sí nos abre una puerta hacia un Japón diferente.

La primera vez que Eguchi acude a la casa de las bellas durmientes, su sentimiento mayoritario es recelo. Acude por la recomendación de un amigo y sabe bien que la diferencia de edad que lo separa de los clientes habituales, pese a parecer un número nímeo, es suficiente para que él sea un cliente especial. Un cliente que aún puede sentir placer o deseo sexual. Dormir al lado de una muchacha joven, desnuda y virgen, una muchacha narcotizada que no sabrá de su existencia, transforma poco a poco a Eguchi. 

Nos encontramos de nuevo ante una novela reflexiva de Kawabata. Lejos de ser una novela erótica o con alto contenido sexual, lo que nos relata es más bien el viaje por la memoria de este personaje principal que, al dormir junto a mujeres jóvenes, recuerda su propia juventud. Se siente como si aspirara la lozanía de las muchachas que lo acompañan, que puede sentir su propia piel en esa piel resplandeciente, lisa y blanca. Así, al encontrarse bajo las mantas con una mujer virgen y desnuda, Eguchi va recordando el pasado, a sus hijas, a las mujeres con las que ha compartido cama. Y recordando el pasado, puede sentir cerca el aliento de la muerte. Porque es esa melancolía de los tiempos que ya han pasado y no volverán el ambiente que rodea esta novela y que la transforma en una novela reflexiva. Es cada una de las muchachas con las que Eguchi duerme, todas diferentes entre sí, las que evocan al protagonista ciertos recuerdos. 

Al principio, un occidental puede mantenerse alejado de las sensaciones que despierta el libro. Las escenas que se suceden son muy evocadoras, pero nada comprensibles. Sin embargo, poco a poco podemos entender la satisfacción de soñar al lado de una muchacha joven, la tranquilidad de perder la soledad durante el sueño porque, de alguna forma, su sueños se comparten. Este concepto se ve completamente trastocado en Sueño profundo, de Banana Yoshimoto, que coge la misma idea y le da la vuelta. Al fin y al cabo, y como vemos al principio, ese retorno es como un retorno a la maternidad, a estar acompañados por una madre. El mismo Eguchi lo comenta al principio del libro, cuando el olor de la doncella se le asemeja mentalmente al de un pecho lactante. El olor a un recién nacido lactante se ha quedado gravado de su infancia y de su madurez como abuelo y al acercarse tanto a la juventud, es capaz de sentirse conectado a esos dos momentos clave de su vida.

Este es uno de esos libros que cualquiera preferiría leer en versión original. Y es que Kawabata es un genio a la hora de jugar con las palabras y los dobles sentidos. En japonés, su prosa es mucho más bonita y seguramente, el hecho de leerlo en manuscrito aún mejora más la lectura. Sin embargo, la traducción está muy bien apurada, pues conserva los dos elementos clave de los libros de Kawabata, esa melancolía casi sencilla que parece rodear las ambientaciones en todas sus obras y la belleza de las imágenes que transmiten. En este libro, estas imágenes están tan presentes como en las demás, jugando con el paisaje marítimo que Eguchi ve poco, pero escucha mucho más. Jugando también con las muchachas, cada una diferente, con sus posiciones y sus movimientos. Aunque es un libro muy pausado, Kawabata no deja que en ningún momento el lector escape de ese sentimiento absorbente que acompaña su lectura. Y al final, no llega el final. Kawabata tiene una característica bastante interesante sobre sus finales, pues nunca parecen acabar de forma cerrada. Escribía lo que quería escribir y cuando se cansaba, dejaba de hacerlo. Como si la escritura fuera algo que saliera de él hasta que la corriente dejaba de fluir. 

En conclusión, Yasunari Kawabata es uno de los mejores escritores japoneses por este tipo de obras sutiles, preciosas, que casi parecen oníricas. Una obra como La casa de las bellas durmientes es para leer de forma pausada, para intentar entender el mensaje entre líneas, pues Kawabata expresa mucho más de lo que está escrito. La efemeridad de la vida humana, la cercanía de la muerte de los ancianos y ese instinto de aspirar la juventud, de estar cerca de ella, parece mostrarse en esta obra, pero el autor va mucho más allá. 


Satori acaba de anunciar una nueva novedad editorial para septiembre. Se trata de "La dama que amaba los insectos y otros relatos breves del antiguo Japón." Este clásico de la literatura japonesa titulado Tsutusmi chunagon monogatari (堤中納言物語) está compuesto por ocho cuentos, y tan solo se conoce a la autora de uno de ellos: "Ōsaka Koenu Gonchūnagon" escrito por la dama Koshikibu en 1055. Esta antología de relatos tiene 168 páginas y se publicará el 28 de septiembre a un precio de 19€. 

Tsutusmi chunagon monogatari, clásico que Satori ediciones publica bajo el título La dama que amaba los insectos y otros relatos breves del antiguo Japón, constituye probablemente el conjunto de relatos más antiguo de la historia del mundo en sentido estricto, ya que se centran en un personaje o en una situación y presentan con viveza la vida y las costumbres de su tiempo. Compilado por mano anónima entre los siglos XI y XII, época de esplendor de las letras niponas, la única certeza que se tiene sobre su autoría es que, al menos uno de los relatos fue escrito por una mujer, la dama Koshikibu, en 1055.

Este delicioso conjunto de relatos nos descubre la realidad del Japón hace nueve siglos: el mundo de la corte, su rígida etiqueta y su laxa moral. Una aristocracia en decadencia, rendida al culto desmedido a las formas y a la estética, asistió al nacimiento de los grandes clásicos de las letras niponas.


En esa sociedad estrictamente regulada y construida entorno a las más refinadas apariencias, una dama se rebela contra las imposiciones y el decoro causando estupor entre los cortesanos y provocando la desazón de sus padres. Mientras que sus compañeras disfrutan contemplando las delicadas y elegantes mariposas, ella prefiere las denostadas orugas; mientras que las jóvenes aristócratas se rasuran las cejas y se tiñen los dientes de negro siguiendo la moda de la capital, ella rechaza los convencionalismos y sonríe mostrando sus dientes inmaculados. La dama rechaza los artificios y la superficialidad e ignora las burlas y comentarios que suscita su excéntrica actitud pues ha descubierto que solo los espíritus libres de apariencias pueden llegar a ver la auténtica naturaleza de las cosas.




Hay veces que aparecen en la industria del manga historias como la que hoy reseñamos. Historias inclasificables, que aunque pueden acercarse más a un tipo de público que a otro (la forma en la que generalmente se clasifican los diferentes mangas), están capacitadas para llegar a todo el mundo. Historias en las que los acontecimientos o la acción dejan paso a la historia, para que el lector pueda paladear lentamente los sentimientos y sensaciones que está leyendo. Entre manos tenemos hoy Orange, uno de estos mangas. La trama de Orange no deja de basarse en una premisa muy sencilla. Naho recibe una carta de su yo futuro llena de consejos y acontecimientos que pasarán. ¿Con qué objetivo? Con la simple idea de que Naho pueda cambiar el futuro y salvar de la muerte a Kakeru, un chico recién llegado a la escuela y con quien rápidamente Naho y sus amigos traban amistad. La incredulidad del principio deja paso a una confianza casi absoluta en las palabras escritas por su yo futuro cuando este empieza a adivinar todo lo que pasa.

Aunque puede parecer un manga que tira hacia la ciencia ficción, los viajes en el futuro no tienen más importancia que esta. Sí es verdad que la autora le da un carácter casi misterioso a como la carta ha llegado a manos de Naho, pero aún así, el viaje en el tiempo no coge protagonismo, sino las consecuencias de la carta y de las acciones de la Naho futura y la Naho actual. Esta es una historia en la que los protagonistas y sus acciones toman todo el peso de la trama. Pues a diferencia de muchos otros mangas, en este los personajes no dejan de cometer acciones y provocar consecuencias y esa es la gracia de la historia, pues siempre está en movimiento, en constante evolución. Aunque una historia basada en sentimientos pueda parecer aburrida y estática, Orange se aleja mucho de esta idea y continuamente sigue evolucionando, dejando que sus personajes tomen el control.


Y es que una de las gracias de Orange, como he dicho, son los personajes. Y no solo Naho o Kakeru, que pasarían a ser los protagonistas, sino el resto de amigos tienen una importancia vital y todos tienen su papel en la historia. Sin uno de ellos, la historia sería diferente. Takano caracteriza muy bien, tanto con su dibujo como con sus personalidades y acciones y hasta palabras, los seis personajes principales. La trama nos va guiando a través de los días de instituto de estos seis personajes y de como, poco a poco, las cartas van cobrando importancia y a la vez, dejando de importar. Es contradictorio, pero es quizá ese el mensaje que quiere transmitir Takano con más fuerza: El destino no es ineludible, pero uno tiene que tomar su vida con sus propias manos. La evolución de Kakeru, de Naho y del resto de personajes se hace de vital importancia y a medida que la historia avanza, ellos también. Además, la propia Takano le da más profundidad aún al manga introduciendo los personajes una vez mayores. Estas escenas corren paralelamente a las de los protagonistas de jóvenes y le añaden complejidad a la trama y sobretodo, a los personajes. La historia de Orange, lejos de ser una cursilada sensibiliera, tiene momentos duros, reflexivos y tristes, al igual que bonitos. Al igual que la fruta que le da nombre, es a la vez dulce y ácido.

El dibujo de Takano se adecua a la perfección a la historia que crea la autora. Un dibujo tierno, dulce y a la vez con un carácter propio y lejos de lo aniñado de otros shojos. La autora además juega con imágenes grandes y muchos silencios, de tal forma que le dan más intensidad a las escenas adecuadas. Sabe jugar bien con entramados y fondos para que no se coman a los personajes y que solo cojan protagonismo cuando deben. Juega también con las viñetas y los puntos de vista, añadiendo muchos planos picados y algunos contrapicados. El uso de color en las portadas y páginas a color es también precioso, a tonos pastel y suaves ideales para el dibujo de Takano. Uno de los mayores atractivos de este manga es el dibujo y la estructura que crea Takano, que lejos de hacerse muy pesada, se hace ligera de leer, agradable y muy bonita.

El manga de Orange cuenta con solo cinco tomos (ya ha acabado en Japón), pero son más que suficientes para contar una historia como esta. De hecho, el último capítulo redondea con un final adecuado la historia creada. Al contrario que muchos otros, Takano recoge todo lo que ha ido sembrando a lo largo del resto de tomos y le da un acabado ideal. Es de agradecer que pese al éxito cosechado en Japón no haya alargado la historia innecesariamente. Los cinco tomos están disponibles ya en su país de origen y en España la encargada de traerlos es Tomodomo, con unas ediciones preciosas y muy elaboradas adecuadas para el manga. De momento están a la venta los tomos 1 y 2, pero seguro que la editorial traerá los siguientes pronto. 

Los dos libros que la editorial presentó.
  Apostar por la literatura japonesa no es una decisión fácil, sobretodo porque esta aún está floreciendo en nuestro país. Por supuesto, si nos fijamos en las ventas del último libro de Murakami, esto puede parecer mentira, pero si intentamos ver más allá de la estela de este autor, vemos que el resto de literatura japonesa aún tiene pocos lectores en España. Es un camino que poco a poco se va recorriendo y que cada vez más editoriales apuestan para tener uno u otro título de la literatura nipona es una realidad, sin embargo pocas se atreven a dedicar una colección o todo el catálogo editorial a autores japoneses. Esta minoría se ve aumentada cuando hablamos de traducciones en catalán, pues aunque no pocos autores japoneses cuentan con algún título traducido a este idioma, no existe colección o editorial que se dedique a traducir al catalán y editar obras japonesas. No existía hasta ahora.

Ko Tazawa en la firma de libros.
Lapislatzuli es una editorial más bien pequeña que ya había apostado alguna vez en traer ensayos o libros que hablaran de la cultura del país del sol naciente. Sin embargo, ahora emprenden un nuevo camino editorial apostando por la literatura japonesa en todo su esplendor: un ciclo que recogerá los mejores autores del siglo XIX y XX en obras más bien cortitas. Aunque no sean todas representativas del autor, sí que serán un pequeño tentempié ideal para aquel que quiera conocer la pluma de los autores. Libros cortitos, pequeños y con una presentación impecable que se nota que es una editorial que quiere hacer bien el trabajo.

Este miércoles, Lapislatzuli presentó las dos primeras novelas que van a formar parte de esta colección: A veure qui és més alt. Midori, una petita geisha (Takekurabe) de Ichiyo Higuchi y Harakiri. El cas de la familia Abe (Abe Ichizoku). Els encarregats de presentar-los van ser Ko Tazawa y Joaquim Pijoan, los dos encargados también de la traducción y la edición. La presentación se hizo en la sala de una biblioteca de Barcelona, la biblioteca Francesca Bonnemaison.


Al inicio de la presentación, ambos se encargaron de firmar los ejemplares, dedicándolos a aquellos que lo pedían. Había también un pequeño pica-pica y, en general, era el momento para compartir opiniones y comprar las obras. Poco después, hicieron pasar a todos los asistentes a una sala de actos suficientemente ancha para que se sentara todo el mundo. Después de una pequeña presentación, Ko Tazawa se dispuso a explicar tanto el contenido de ambas obras, como las razones de ser de la colección y sus futuros títulos. También comentó algunas aclaraciones sobre las traducciones y los títulos (que se diferencian del título original pero que son, de alguna forma, más explicativos). Sin embargo, las palabras de Tazawa parecieron explicar bien el porqué de esos cambios.

"Una traducció, encara que sigui molt bona, si no arriba als lectors no val per gaire."
(Una traducción, aunque sea muy buena, si no llega a los lectores no vale para mucho)

Desde El peso del aire, nos alegramos de ver proyectos nuevos como este florecer y les deseamos mucha suerte. Además, esperamos poder reseñar y traeros pronto las novelas que ya han publicado para compartirlas con vosotros. 
Joaquim Pijoan y Ko Tazawa presentando ambos libros.


El nombre de Akiyuki Nosaka es poco reconocido entre la literatura japonesa traducida, sobretodo por la poca cantidad de obras que ha publicado y las aún menos que han llegado a nuestro país. Este autor es un autor producto de Hiroshima, un autor que vivió la guerra en sus propias carnes, hecho que se refleja en su narrativa y sus obras. Su experiencia durante su juventud en una ciudad arrasada por las bombas, en una familia rota por la vida, inspiró las dos historias que forman este libro. Los dos relatos de los que habla esta reseña, La tumba de las luciérnagas y Algas americanas, son dos obras que se complementan y que muestran las consecuencias, aunque de forma diferente, del mismo acontecimiento. Los dos relatos, publicados en 1967, levantaron mucha expectación al publicarse, por el duro tono de Nosaka. Acantilado en español y Quaderns Crema en catalán han editado ahora las dos historias en un formato conjunto. 

Estas dos historias narran de forma totalmente diferente un episodio que marcó a toda una nación y que marcó al mismo autor cuando era joven. El bombardeo que sufrió de pequeño es el mismo que viven los protagonistas y el mismo que vivieron miles de japoneses. Por un lado, tenemos la historia de Seita, un niño que muere de inanición en una estación sin que nadie intente ayudarlo y que ha perdido las ganas de vivir, después de haber visto morir a su hermana del mismo mal. La otra historia nos muestra a un superviviente de la guerra, Toshio, que tiene que acoger a dos americanos, dos seres para él de un mundo totalmente ajeno a él, en su casa. Esta llegada activará la melancolía de los viejos tiempos, con un tono claramente irónico.

Las dos historias hablan del mismo tema, de la pérdida que sufrió el país durante la guerra y también de la pérdida de una cultura que hasta el momento había sido fuerte y que después de la guerra se fue rompiendo. La confusión y la ruptura entre dos culturas está plasmada en muchas obras de grandes autores como Kenzaburo Oé o Yukio Mishima, pero la obra de Nosaka tiene un toque muy personal. Este cambio de cultura que sufrió Japón durante dos décadas y que se ve reflejado muchísimo en la literatura, fue un cambio tan abrupto que muchos de los japoneses no pudieron asumirlo. Estoy hablando por supuesto del paso a tener una figura divina a una democracia que se desmorona por el hambre y la vergüenza.

El tono de Nosaka es un tono despiadado que se divide en dos formas y que, de esa forma, nos cuenta la misma historia (aunque con rostros y nombres diferentes) con dos tonos totalmente opuestos. En la primera historia, La tumba de las luciérnagas, Nosaka nos relata la historia desgarradora de Seita con un tono casi indiferente, como si el mismo autor pudiera alejarse de los hechos y verlo todo desde un punto de vista externo, desde una ventana. Sin embargo, esa misma frialdad es la que ayuda a darle nombre y cara a Seita, la que ayuda a representar no solo a este personaje, sino a todas las víctimas anónimas que, como Seita, sufrieron las consecuencias de la guerra. Una historia con marcado tono autobibliográfico. Por otro lado, tenemos el tono satírico e irónico de Algas americanas, un cuento que nos narra la visita de un matrimonio americano a un Japón supuestamente recuperado. Los sentimientos contradictorios de Toshio, el protagonista, se mezclan en uno solo cuando recuerda esos días de guerra y contempla ahora un americano que, de joven, habría tomado por monstruo. La admiración y el rechazo van cogidos de la mano en toda la visita del americano y Toshio se deja llevar por la amargura de la derrota, escondida quizá, en el corazón de toda una nación, una amargura que no acaba de reconocer pero que lo acompaña durante toda la novela.

Ambos relatos, tan diferentes entre sí, se complementan a la perfección y aunque fueron publicados por separado, el acierto de juntarlos es ideal. El tono de Nosaka no deja de ser desgarrador, casi cruel, pero ideal para la historia que está contando. Una novela explícita, en la que Nosaka no hace intento alguno de esconder; Una novela rica en detalles patéticos, sin censura alguna. El reflejo de una sociedad que sufrió mucho más de lo que llegó a reconocer nunca, no solo por la muerte y el hambre que los asoló y que vemos en el primer relato, crudamente, sino también la derrota, la angustia de capitular el orgullo para sobrevivir. Su pluma es quizá confusa, pero extremadamente directa y concreta.

Tanto la edición en catalán (por Quaderns Crema) como la edición en español (por Acantilado) reúnen las dos historias en un solo libro. Las consecuencias de la guerra que tanto marcaron a Akiyuki Nosaka, pues perdió a sus dos hermanas (de una forma muy similar a la que Seita pierde a Setsuko) y a su padre adoptivo, son las mismas consecuencias que marcaron a millares de personas. Las mismas consecuencias, a largo plazo, que sufre Toshio ante la visita de aquellos que tanto detesta y que, a la vez, tanto asombra. Uno de los encantos especiales que tiene este libro es que Nosaka no recurre a la sensibilidad o a la moralidad como tan fácil habría sido hacer. No nos narra el dolor desgarrador de Seita desde un punto de vista interno ni aparta la complejidad de los sentimientos de Toshio por un simple sentimiento de venganza. La gracia de la obra de Nosaka es que está plagada de complejidad, de matices, y es por eso quizá un testimonio tan fiel de un episodio verdadero y terrorífico como fue la segunda guerra mundial. 



Tener entre nuestras manos un ejemplar de El cantar de Heike no es ninguna tontería. No hablo solamente de la magnífica edición con la que Satori nos ofrece una experiencia completa para los sentidos: acariciar el grueso gramaje de sus hojas, deleitarnos con las magníficas ilustraciones de Jin Taira, aspirar el aroma de la tinta o nutrir nuestra mente con los textos que se hayan impresos en el libro. Me refiero al hecho de sostener un pedazo de historia de Japón.

Podéis pensar que estoy exagerando, pero seguro que no he sido la única de los presentes que cuando se han acercado a la Ilíada lo han hecho con un profundo respeto. Si nos paramos a pensar lo que los textos de Homero han supuesto para la cultura y la literatura occidental, podréis comprender a lo que me refiero. El cantar de Heike es una historia deudora también de la tradición oral, esa magnífica manera de narrar historias que suponían la forma habitual de transmitir conocimientos en el pasado. Historias contadas de padres a hijos en torno a un fuego, que se iban grabando en la memoria de los oyentes. Esa tradición de autoría anónima afortunadamente fue recopilada en el siglo XIII por el monje Yoshida Kenkô, y actualizada a partir de 1947 por Eiji Yoshikawa, uno de los historiadores más célebres y aclamados de Japón. Gracias a esa revisión y novelización que le llevó nada menos que 15 años de trabajo, consiguió lograr un texto más actualizado y cercano para los lectores de hoy en día.

El Heike Monogatari original ha estado circulando por diferentes países en su versión más pura, la de la tradición clásica. Sin embargo, no habíamos tenido la posibilidad de disfrutar en castellano de la versión más actual de Eiji Yoshikawa, la saga compuesta de 9 volúmenes. Con todo esto que os cuento podéis imaginar cómo de titánica es la empresa a la que se enfrenta la editorial Satori traduciéndola directamente del japonés, y creando este primer volumen enriquecido con ilustraciones, listados de personajes, árboles genealógicos, mapas, e incluso un reloj con el cómputo de las horas a la manera nipona.

El cantar de Heike como objeto es excelente, ya solo por ello merece la pena acercarse a él. Pero una vez que posas la vista en la historia que te cuenta te das cuenta del valor de lo que estás leyendo. Yoshikawa nos trasporta al siglo XII, una época de turbulentas luchas de poder entre los más poderosos clanes de samuráis: los Heike y los Genji. El protagonista que nos hará de guía en esta historia será el joven Kiyomori. Recorreremos con él diferentes e importantes momentos de su vida, situaciones de búsqueda de la propia identidad y fragmentos de crecimiento personal.

Es muy difícil resumiros el argumento de esta obra debido a la cantidad de aspectos que toca. Extraeremos información de la vida de la corte, el funcionamiento de los matrimonios de las clases altas, los mecanismos que regían la elección de esposa y concubinas, las horas del día a las que se efectuaban determinadas tareas, las festividades a lo largo del año y cómo eran celebradas, la vida cotidiana de cocheros, bailarinas, criados o pescadores. Hay un buen equilibrio entre trama propiamente dicha e información histórica, aportando datos que para los amantes de la cultura oriental resultan de lo más interesantes a la vez que te transporta por la trama de lucha en lucha.

En general, la gente del período Heian, tanto mujeres como hombres, lloraban y reían abiertamente sin ocultar sus sentimientos. La consideración de que no mostrar el pensamiento y la actitud de uno suponía una virtud comenzó mucho más tarde, debido a la influencia del confucianismo y del bushido, ese riguroso código ético de los guerreros, en otros términos, del espíritu samurái.

Uno de los aspectos que pueblan las páginas de este libro es la nobleza de los personajes. La influencia de las doctrinas del budismo en la cultura nipona es palpable en prácticamente todos los sujetos que transitan la novela. Asumen su posición en el mundo y tratan de llevar a cabo su papel de la mejor forma posible. La creencia en el karma es muy potente, y ello les lleva a aceptar el destino que les es asignado.

Un gran ejemplo es una de las historias que se nos relatan: la historia de Asatori, el guardián de la fuente. El antiguo emperador Sutoku con tan solo 23 años fue obligado a abdicar del trono contra su voluntad y se retiró a vivir al Palacio Imperial de la Fuente del Sauce llevando una vida casi de ermitaño. En ocasiones, paseando por los jardines llegaba a la fuente que había junto a unos sauces y pedía agua al guardián de la fuente. Charlando con el guardián, este le cuenta que lleva guardando la fuente los mismos 14 años que lleva de retiro Sutoku, ya que dimitió de su anterior puesto en la corte para seguir a su señor en su obligado retiro. Dicho guardián provenía de buen linaje, de una familia de músicos de la corte. El antiguo emperador Sutoku no comprende por qué el guardián renunció a todo por ese puesto tan insignificante, a lo que el guardián le contesta que para nada es insignificante proteger el agua que sacia su sed. El antiguo emperador les hizo un valioso regalo en su regencia y su familia se vio en el deber de acompañarle en su retiro. Una preciosa historia sobre el valor de la lealtad.

Aunque está plagada de momentos geniales como este que os cuento, la historia no resulta fácil de leer. La cantidad de intérpretes que aparecen en la historia es ingente y a pesar de las guías de personajes es fácil perder el hilo sobre quién es quién y qué parentesco tiene con los que le rodean. Las regencias de los emperadores se suceden, hay ascensos de poder, cambios de era. Sin embargo es fácil dejarse llevar, no preocuparse demasiado sobre quién es quién en palacio y disfrutar con todo lo que nos aporta. La traducción de Rumi Sato es exquisita, con un texto que a pesar de su clasicismo es muy accesible, algo realmente importante a la hora de sentarse a leer un obra de estas características.



Por Álvaro López Martín @A1varoLopez

El ya famoso quinto episodio de 'Dragon Ball Super', emitido hace pocas semanas, ha puesto de relieve un problema que no es nuevo: la industria de la animación japonesa está herida de muerte: la precariedad laboral y un sistema anclado en el pasado que se quiere exprimir sin escrúpulos, son los dos principales síntomas de un mercado que se está devorando a sí mismo.






Thomas Romain, uno de los pocos creativos extranjeros que trabaja en el corazón de la siempre cerrada industria del anime, fue el que prendió la llama con un tweet ampliamente difundido en el que hablaba de una situación insostenible: "Los presupuesto en Japón para la animación son extremadamente bajos (...) En la producción de una serie de televisión, un animador, por lo general, solo cobra 40 dólares por corte de animación. Los animadores reciben solamente 2 dólares por cada dibujo".

La precariedad laboral es uno de los principales problemas de esta industria. Detrás de la peculiaridad de ser un trabajo donde predomina la pasión artística de los que lo realizan, se encuentra un sistema enquistado, que convierte a auténticos artistas en máquinas de hacer dibujos contrarreloj, de forma repetitiva y durante eternas jornadas de trabajo. Los que se introducen en el anime fascinados por su brillo exterior (la gran mayoría), muchas veces se encuentran con un trabajo más cercano al de la producción en masa de una fábrica de tuercas que un lugar donde desarrollar su talento creativo. Tienen que hacer dibujos, y muchos, para ganar un sueldo miserable. El exterminio del arte.

"El problema es que la industria del anime japonés está produciendo demasiado contenido (...). No hay suficientes animadores cualificados y experimentados (...) Los estudios no tienen otra opción que trabajar con animadores poco cualificados, a veces amateurs", añadía Romain.


La desconsideración de la industria hacia el arte se hace cada vez más patente, no solo con estas palabras: cualquiera puede verlo en cualquier anime televisivo de emisión actual. En el episodio cinco de 'Dragon Ball Super' se hizo más patente porque había precedentes humillantes de hace 20 años, donde la animación de la saga 'Dragon Ball' no tenía nada que ver con la actual, era mucho más elaborada en todos los sentidos. Hay casos igualmente sangrantes: las series que llevan muchos años emitiéndose. Podría poner por caso una de las más populares y representativas de la animación nipona actual: 'One Piece'. Su evolución es digna de análisis. Iniciada en 1999, lleva ya a sus espaldas más de 700 episodios. Resulta más que llamativo ver cómo era animada la serie en sus inicios, y cómo ha ido evolucionando progresivamente a un estilo menos detallado y más simplista hasta la actualidad, donde este mal que está asolando el anime televisivo ha terminado equiparándola al resto de series de nueva hornada. Sin embargo, los que siguen la serie desde hace años han podido notar esta degradante involución. Por cierto, casualidad o no, detrás está Toei Animation, la misma productora que 'Dragon Ball' y que, por este y otros trabajos, está en el centro de la polémica. Es un poco la cuadratura del círculo, teniendo en cuenta que Toei es uno de los grandes nombres de la industria, todo un clásico que impulsó la animación en Japón y ha realizado a lo largo de su ya larga historia decenas de éxitos alabados por crítica y público. Su declive es el del mito que se derrumba. Un histórico gigante con pies de barro.

"Los estudios de animación japoneses son empresas pequeñas (...) Por lo general no tienen grandes beneficios y no están en condiciones de invertir su propio dinero", decía Thomas Romain. "El coste de tener a todo el mundo que trabaja en la casa sería insoportable. Solo un estudio fue capaz de hacer eso: Studio Ghibli".

Yo llevo más de cinco años participando activamente en la difusión en español de Studio Ghibli a través del blog (y amplia comunidad de seguidores) Generación GHIBLI. El de Studio Ghibli es un caso perfecto y paradójico para explicar gran parte del cáncer que sufre el mundo de la animación japonesa, tan opaca, tan inteligible y tan encantada de conocerse a sí misma, quizás demasiado.





Studio Ghibli es, con total seguridad, el estudio de animación japonés más conocido en todo el mundo. Sin embargo, en Japón no hay otro estudio similar. ¿Por qué, si lo logrado por Ghibli ha resultado tan terriblemente eficaz, consiguiendo que sus películas sean las más vistas históricamente en su país, y hayan trascendido de forma importante al panorama internacional? Pues (y aquí viene la primera paradoja) porque existe un nombre propio: Hayao Miyazaki. Es curioso que en un trabajo tan estrictamente colectivo, el mayor triunfo lo haya logrado el personalismo de un genio. Porque sí, nadie discutirá que Hayao Miyazaki es un genio. Pero en las interioridades del mundo del anime, probablemente, la mayoría de animadores de clase media que preguntes te dirán que sería genial trabajar con Miyazaki por su prestigio y por la calidad de sus películas; pero no por su sistema de trabajo, arcaico y dictatorial. No se le puede culpar: le ha funcionado a las mil maravillas, y él es un hombre de ideas fijas que las ha visto refrendadas encadenando un éxito tras otro.

No quiero decir con esto que Miyazaki sea un ogro, al contrario, él fue el que quiso implantar un sistema imposible. El funcionamiento no dejó de ser ficticio: Studio Ghibli se financiaba en grandes cantidades solo gracias al fuerte arrastre en taquilla de los films de su fundador. Y, es verdad, las películas de otros directores en Ghibli también funcionaron relativamente bien (sobre todo las primeras de Isao Takahata) y, en general, era un estudio que obtenía un gran rendimiento de sus producciones. Sin embargo, su apuesta por una plantilla fija de trabajadores y una irrenunciable política de máxima calidad en sus obras (con los esfuerzos de tiempo y dinero que eso supone), además sin diversificar su actividad hacia la televisión, no podía financiarse sin Hayao Miyazaki. Cuando este se retiró en 2013, el estudio tuvo que parar para replantear una situación que aún está en proceso. La única salida de Studio Ghibli es unirse al funcionamiento del resto de estudios: producir más, por menos dinero. Eso, o disolverse.

La enseñanza de la realidad de Studio Ghibli respecto al resto de estudios que producen animación en Japón es muy clara, y bastante pesimista: es imposible que la industria funcione bien, porque está atascada en un círculo vicioso que deriva en cada vez más productos, y cada vez de menor calidad. Hasta que la burbuja explote.


 
Según la AJA (la Asociación de Animación Japonesa), en 2013 las ventas de anime generaron 12 billones de dólares en 2013, el mejor resultado de su historia. Toda una contradicción.

"Es común escuchar a personas hablar de 'milagro' cuando un episodio se emite a tiempo. A veces, la animación no se ha iniciado ni dos semanas antes de emitirse, y los episodios pueden ser completados solo unas pocas horas antes de ser mostrados en televisión. La calidad puede ser pobre, pero lo que importa es tener algo que poner en pantalla", sentenciaba Romain.

Una triste realidad.


Escrito por Álvaro López Martín @A1varoLopez, autor del blog Generación GHIBLI y del libro 'Mi vecino Miyazaki', de Diábolo Ediciones.

Luchar por la supervivencia. Luchar contra los elementos. Vida sencilla, austera y cruda. Esto nos plantea Kaneto Shindo (新藤 兼人 , Hiroshima, Japón 1912 - 2012) en esta particular película carente de diálogos, donde se encargó de la producción, el guión y la dirección, creando un precioso poema cinematográfico. Seremos testigos de las penurias de los protagonistas. Sin prisas, centrándonos en los detalles, podremos pensar en lo que significaba vivir antes de claudicar ante la vorágine consumista / capitalista. Cada uno sacará sus conclusiones al acabar el visionado, pero una cosa queda clara al final: La vida no es fácil y debes luchar siempre, sea cual sea tu situación.


La sinopsis es sencilla: Una familia (padre - Taiji Tonoyama, madre - Nobuko Otowa y dos hijos - Shinji Tanaka y Masanori Horimoto) son los únicos habitantes de una pequeña isla, donde luchan cada día por su supervivencia en condiciones muy duras.

Puede parecer un documental pero no lo es. Aunque sólo hay dos actores profesionales (El padre y la madre) y un pequeño equipo de rodaje de trece personas incluyendo al propio Shindo, este film logra hipnotizar por sus bellas imágenes, su preciosa banda sonora a cargo de Hikaru Hayashi (Aunque básicamente es un tema principal con variaciones), el esfuerzo de sus protagonistas para sobrevivir día a día y su giro dramático final.


Gran parte del metraje se centra en la complicada y ardua tarea de llevar agua potable al islote. Nada más empezar la película, vemos sufrir a los padres por el peso de los cubos y el difícil ascenso hasta su diminuta casucha bajo un sol despiadado en pleno verano. Con esto logra hacernos partícipes de la tensión por no derramar ni una gota del preciado líquido elemento y nos deja claro de entrada que no va a ser un film amable. En contraposición, vemos a sus hijos disfrutando y corriendo en libertad, incluso cuando ayudan en tareas como pescar o alimentar a los pocos animales que poseen.



Durante el desarrollo, nos muestra diferentes épocas del año en los que la familia pasa menos miserias, incluso llegan a permitirse algún capricho como comer en una ciudad y pasear por ella (donde Kaneto Shindo aprovecha para criticar la estupidez y el absurdo de los programas de televisión con un par de planos). Sin embargo pronto regresan las estaciones duras y la vida en la pequeña isla vuelve a su despiadado cauce.



Shindo usa la técnica de centrar los elementos importantes en los planos durante toda la película, logrando capar la atención del espectador en todo momento y reforzar así las imágenes sin diálogos (Esta misma técnica la utiliza de forma inteligente George Miller en “Mad Max: Fury Road” en las escenas de acción, consiguiendo que nadie se pierda en ningún momento pese a las trepidantes secuencias). La fotografía y los perfectos planos nos hacen gozar de los paisajes del islote, del pueblo cercano con sus hermosas y entrañables casas, etc.





Esta pequeña joya del cine logra transmitir la crudeza de la vida más austera sin caer en el  melodrama barato ni recurrir a grandes medios o artificios. Dura y directa somete al espectador a ver cómo la implacable madre naturaleza golpea una y otra vez a esta familia. Pese a todo, la vida sigue, y ese es el mensaje final que nos da el maestro Kaneto. En resumen, una delicia muy poco habitual en el séptimo arte que nadie debería perderse.

 
Biografía del director:

Hijo de una familia de campesinos, empezó en el mundo cinematográfico en 1934 como asistente decorador en la productora Shochiku. Pronto conoció a Kenji Mizoguchi con quien empezó a “aprender cine”. Poco después empezó su carrera como guionista. A mediados de 1950 crea la productora Kindai Eiga Kyokai junto al director Kozaburo Yoshimura y la actriz Nobuko Otowa. Es aquí donde empieza su etapa como director logrando éxitos como “Los Niños de Hiroshima”, “Onibaba”, “El Gato Negro” o la propia “La Isla Desnuda”.


Curiosidades:

· El protagonista Taiji Tonoyama (殿山 泰司, 1915 - 1989) se recuperó de su adicción al alcohol durante el rodaje por estar aislados en el pequeño islote.

· Shindo hizo que los actores llevaran baldes completamente cargados de agua, logrando incluso que los yugos que estaban utilizando se doblaran, para filmar la dureza de sus vidas sin artificios y conseguir una interpretación completamente realista.






Banana Yoshimoto es una de las autoras japonesas más conocidas aquí en España, ya sea por su curioso pseudónimo o por la peculiaridad de su obra. La autora nipona ha escrito siempre bajo un tema en común y algo que puede parecer casi inverosímil, como es el hecho de que todas sus obras tengan su propia peculiaridad, es evidente en los libros de Yoshimoto. Bajo la idea de la pérdida de un ser querido, Yoshimoto nos abre un abanico de personajes, de historias distintas y suyas, a su manera, que muy difícilmente cansarán al lector.

Hija de una pareja no casada, Chihiro huyó de su pueblo y su pasado en cuanto tuvo la oportunidad, ingresando en la universidad para estudiar arte. El pueblo se desdibuja en sus recuerdos a la vez que la imagen de la madre lo hace, pese a que Chihiro siente su pérdida como un dolor constante. Así conoce a Nakajima, su vecino de enfrente, quien está pasando por un dolor similar al suyo, aunque más profundo e innombrable. Juntos formarán una pareja que poco a poco se conocerá, adentrándose en las profundidades del dolor compartido.

Como ya he comentado, la pérdida de un ser querido es una constante en todos los personajes de Banana Yoshimoto, que pasan por este proceso acompañados o en solitario. Sin embargo, y pese a este tema en común, la autora consigue imprimir de personalidad propia a cada uno de sus personajes y a cada uno de sus libros. Así, aunque nos encontramos con dos personajes que comparten un dolor similar al de otros protagonistas anteriores de sus obras, la historia en sí se diferencia de las demás.

En este caso, es la relación entre ambos personajes, una relación frágil, casi etérea, que comparten Nakajima y Chihiro. Es este amor el que toma el protagonismo de la novela. Un amor extraño, casi irracional, pero que vemos crecer con lentitud y belleza. La pareja y el amor serán los temas principales que junto con la superación del dolor y la cicatrización de las heridas, crearán un motivo para las palabras de Yoshimoto. Los corazones de ambos, rotos por el dolor, con una vida diferente a la establecida por la sociedad, se ayudarán mutuamente a repararse y recuperarse. Un amor curativo. Y aunque los personajes compartan una experiencia tan dolorosa, son también océanos de secretos que los separan. La iniciación de un nuevo amor y la lentitud propia de este serán dos elementos que nos acompañaran en toda la obra.



La peculiar visión de la muerte que tienen los japoneses es uno de los elementos de su cultura que más ha llegado hasta occidente. Y no solo la muerte en sí, sino el sentimiento de pérdida es también muy característico de esta cultura, un sentimiento que Yoshimoto plasma a la perfección en todas sus obras. El vacío que sienten Chihiro y Nakajima, un vacío del que casi no pueden ni hablar, inspira un sentimiento de comprensión a cualquiera que haya pasado por la misma experiencia.

El pasado tiene mucha relevancia en esta historia también, pues los secretos que guarda Nakajima en su interior afectarán a la relación y a la propia personalidad de esta. El retorno del pasado y como este afecta la vida de los personajes, como un suceso puede cambiar una persona, es uno de los elementos que Yoshimoto explora más en esta novela. Así, las conexiones con el pasado, casi místicas, se ven reflejadas en dos personajes con mucha importancia, pese a tener poca presencia física en el libro. Dos personajes que viven al lado de un lago. Este elemento del paisaje, que da nombre al libro, es la imagen que refleja esta evolución del amor y de la pareja, un lago que parece estático, pero que cambia a través de los ojos que lo observan. Este lago tiene un tono casi fantasioso dentro de la obra.

Otro elemento con vital importancia en la obra de Yoshimoto, un elemento que parece heredado de grandes autores como Kawabata, es la pintura. Pese a que la pintura de Chihiro no pasa de ser una pintura mural, casi rupestre, podemos ver ciertos paralelismos con Otoko, la protagonista de Lo bello y lo triste, que también refleja su vida en la pintura. El mural que pinta Chihiro a lo largo del libro, un mural que seguramente acabe siendo derruido, plasma bien la evolución de toda la historia, como un resumen descriptivo y sutil de lo que Chihiro nos cuenta con palabras.

La historia en sí es preciosa. El amor de ambos personajes transmite una ternura que llega al lector fácilmente. Una obra introspectiva en la que los sentimientos, las sensaciones, los recuerdos le dan un toque casi onírico a la relación, así como veíamos en otras obras suyas como Sueño profundo. La narración, con un tono intimista y melancólico propio de la autora, nos va mostrando escenas cotidianas que, a su vez, tejen la historia de estos dos personajes. Recrean a la perfección una sociedad lejana a la nuestra, y sin embargo es fácil ponerse en la piel de Chihiro, considerarla una amiga íntima.

La narrativa de Yoshimoto tiene una sinceridad abrumadora, pese a ser también elegante y hasta pura. Podemos sentir como la autora se dirige directamente a nosotros, al lector, como si estuviéramos cara a cara. Un tono conversacional que le da a la obra ese toque íntimo que hace que todo lector no solo se adentre en la obra, sino que la sienta bajo la piel. La belleza de su prosa puede parecer sencilla a simple vista, pero alberga muchísima profundidad.

Las únicas ediciones que nos han llegado de Banana Yoshimoto (con excepción de “Un viaje llamado vida”, traída a España gracias a Satori ediciones), vienen de la mano de Tusquets, con ediciones de una traducción impecable. Una obra de literatura japonesa contemporánea de una de las escritoras niponas más conocidas en nuestras tierras.